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Circular Escéptica

EL CASO DE LA BCA CONTRA SIMON SINGH

Publicado el 15 de junio de 2009 en el boletín "Número 5".
Autor: Fernando L. Frías

Clasificado en: Pseudomedicinas, Pseudociencias, Charlatanes, Escepticismo

Tal y como contaba Esther Samper en su artículo «La ciencia y la charlatanería frente a frente en los tribunales», publicado en el diario digital «Soitu.es» y reproducido en el número tres de nuestra Circular, hace poco más de un año la Asociación Británica de Quiropráctica (BCA) demandó por difamación al científico y divulgador Simon Singh. El motivo fue un artículo publicado en el diario «The Guardian» en el que Singh, aprovechando que la BCA celebraba su Chiropractic Awareness Week, daba cuenta de la falta de fundamento científico de la quiropráctica e incluso de sus riesgos para la salud de los pacientes. Entre otros muchos datos, Singh recordaba que «la BCA asegura que sus miembros pueden ayudar a tratar a niños con cólicos, problemas de sueño y alimentación, infecciones frecuentes de oído, asma y llanto prolongado, a pesar de que no haya ni una pizca de evidencia». Y, seguía diciendo, «esta organización es la cara respetable de la profesión quiropráctica y a pesar de ello promueve felizmente tratamientos falsos».

Cualquiera hubiera podido pensar que, ante semejante afirmación, lo mejor que podría haber hecho la BCA es hacer públicas las evidencias que respaldaban esas afirmaciones, que la propia BCA hacía en su folleto «Happy Families».

Bueno, cualquiera podría pensarlo salvo que ya supiera cómo las gastan los quiroprácticos en estos casos: en julio de 2008 el «New Zealand Medical Journal» publicó sendos artículos de David Cloquhoun y Andrew Gilby en el que también se daba un repaso a la absoluta falta de evidencias que respalden la supuesta efectividad de la quiropráctica e incluso a las prácticas como mínimo dudosas de quienes se dedican a practicar profesionalmente esta pseudoterapia. Por ejemplo, suelen presentarse como «doctores» a pesar de no tener una verdadera formación médica; simplemente han cursado estudios en centros de enseñanza quiropráctica, pero la mayoría de las veces ni esos centros ni los «doctorados» que expiden tienen reconocimiento oficial alguno.

Pocas semanas después, el «New Zealand Medical Journal» recibió una carta firmada por los abogados de la Asociación Neozelandesa de Quiroprácticos en la que, por supuesto, no se acompañaba ninguna mención a estudios científicos sobre la validez de la quiropráctica. Y ni siquiera se adjuntaba algún documento que permitiera dudar del dato de que el 82% de los quiroprácticos utilizan un título de «doctor» que tiene la misma validez legal que los billetes del Monopoly. En su lugar exigían una inmediata retractación de los autores de los artículos, bajo la amenaza de demandarles a ellos y a la revista por difamación. La respuesta de Frank A. Frizelle, editor de la revista, puede resumirse en una frase genial: «enseñadnos vuestras evidencias y no vuestra musculatura legal». Y ahí se acabó la cosa.

En el caso británico no ocurrió lo mismo: intimidado por las amenazas de acciones legales, «The Guardian» accedió a retirar de su web el artículo supuestamente ofensivo; sin embargo, Simon Singh decidió mantenerse firme y no ceder a las exigencias de la BCA.

Como cuenta en su artículo Esther Samper, la BCA formuló una demanda por difamación contra Singh y este decidió no ya defenderse, sino contraatacar: la estrategia de sus abogados incluía la mención a una larga serie de estudios científicos y ensayos clínicos que demostraban la absoluta ineficacia de la quiropráctica, con la intención de que la BCA se viera obligada a presentar ante el juzgado sus propias evidencias científicas. En el caso de que las tuviera, claro. Y si es que el juez encargado del caso lo admitía. Cosa que empezó a ser poco probable cuando se supo que se trataba de Sir David Eady.

En el sistema judicial inglés, el primer paso tras una demanda por libelo (y suponiendo que el demandado no se allane) es una especie de vista preliminar en la que el juez decide cuál será exactamente el objeto del juicio. En este caso, dado que la BCA puso el acento en que Singh aseguró que la asociación «promueve felizmente tratamientos falsos», el juez debería decidir cuál era el sentido y alcance exactos de esta frase para luego, a lo largo del juicio, comprobar si el demandado tenía pruebas suficientes que demostrasen que lo que dijo era verdad o bien se trataba de una expresión difamatoria.

Se trata de un sistema bastante peligroso para el demandado, y no ya porque la carga de la prueba recaiga exclusivamente sobre él, sino sobre todo porque lo que tiene que demostrar no es lo que dijo o escribió, sino lo que el juez piensa que quiso decir. Si añadimos que los costes de un juicio por difamación en Inglaterra son astronómicos (de manera que muchos demandados tienen que allanarse sencillamente porque no pueden permitirse costear su defensa) y que los tribunales ingleses aceptan cualquier demanda, incluso aunque ni el demandante ni el demandado vivan en Inglaterra y el texto en cuestión tampoco haya sido publicado allí, comprenderemos por qué Londres se ha convertido en la «capital mundial del turismo del libelo». Gracias, además, a la actitud de jueces como Sir David Eady, en cuyo historial constan sentencias tan estrafalarias como la que condenó por difamación a la norteamericana Rachel Ehrenfeld por publicar en EE.UU. pruebas que vinculaban al millonario saudí Khalid ben Mahfouz con la financiación de Al Quaeda. Para que se hagan una idea de cómo están las cosas, la «vinculación con Inglaterra» que permitió al Juez Eady dictar su sentencia consistía sencillamente en que diversas librerías «on line» habían vendido el libro de Ehrenfeld, «Funding Evil», a un total de veintitrés ciudadanos ingleses.

Con este y otros precedentes a nadie le pudo extrañar que, en mayo pasado, el Juez Eady arrojase un jarro de agua fría sobre Simon Singh. Admitiendo los argumentos de la BCA (y desoyendo por completo los de Singh) el Juez decidió, en efecto, circunscribir el juicio a la afirmación de que la BCA «promueve felizmente tratamientos falsos», pero añadiendo además que con esta frase Singh quería decir que la BCA promueve esos tratamientos a sabiendas de que son falsos, es decir, con una intención claramente fraudulenta. A la vista de la «información» que proporciona la BCA acerca de la investigación científica sobre la quiropráctica, en la que sólo menciona aquellos estudios -o incluso simples artículos de prensa y párrafos de libros de propaganda quiropráctica- en los que se afirma que resulta efectiva para tal o cual enfermedad, pero omite cuidadosamente cualquier referencia acerca de lo dudoso de esos estudios, lo infundado de esas afirmaciones y la considerable cantidad de evidencias científicas que demuestran que todo eso es una filfa, cabe razonablemente suponer que en efecto los responsables de la BCA saben perfectamente que están promoviendo tratamientos sin ningún respaldo científico. Pero de suponerlo razonablemente a demostrarlo en un juzgado hay un abismo, y a priori va a ser muy difícil (por no decir imposible) que Singh consiga probar semejante cosa.

Entre otras cosas porque probablemente nunca quiso decir eso. Es muy habitual (y el propio Singh lo indica así en su imprescindible libro «Trick or Treatment?», escrito junto con Edzard Enrst) que los promotores de pseudoterapias «alternativas» estén absolutamente seguros de que funcionan, aunque no haya la más mínima evidencia que las respalde. «Promover felizmente tratamientos falsos» no es algo exclusivo de estafadores y sinvergüenzas; también lo pueden hacer quienes simplemente están «convencidos pero equivocados».

Pero es que además el término empleado por Singh en su artículo («bogus») tampoco tiene realmente las connotaciones de fraude que el Juez ha querido ver en él. Si bien la palabra apareció en el idioma inglés, en 1827, para designar a una máquina de fabricar monedas falsas, en la actualidad su sentido más usual es el de «inútil», «incorrecto» o «defectuoso». La expresión de Singh, «happily promotes bogus treatments» viene a decir más bien (como se deduce también del resto del artículo) que la BCA promueve tratamientos que no funcionan y lo hace de una forma despreocupada, incluso si quieren irresponsable, pero eso no implica en absoluto que se trate de un fraude o un engaño deliberado.

La situación judicial de Singh se ha hecho, por tanto, muy difícil, hasta el punto de que probablemente lo más razonable hubiese sido intentar llegar a un acuerdo con la BCA para que ésta retirase la demanda a cambio de una rectificación pública y, probablemente, una indemnización económica. Sin embargo, a principios de este mes de junio Simon Singh ha hecho pública su intención de presentar un recurso de apelación, para intentar que un tribunal superior revoque la decisión del Juez Eady. Y lo ha hecho no sólo por su convicción que de que tiene razón, sino también ante el multitudinario apoyo que ha recibido por parte de la comunidad científica y escéptica de Gran Bretaña y de todo el mundo, como les mostramos también en este mismo ejemplar de nuestra «Circular».

El tiempo dirá si Simon Singh gana su apelación o si, como es su intención, tiene que plantear el caso incluso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (que por otra parte ya se ha pronunciado otras veces en contra de la legislación inglesa sobre difamación). Pero mientras tanto es muy posible que la BCA acabe descubriendo que los más perjudicados por su demanda son en realidad los propios quiroprácticos.

Para empezar, el caso ha tenido una repercusión tan amplia que en la actualidad es la propia BCA quien se encuentra en una situación mucho más que incómoda. Primero la comunidad científica y médica, y luego el gran público, están descubriendo que frente a un científico de prestigio que afirma que no hay evidencias científicas que avalen la efectividad de la quiropráctica la única reacción de la BCA ha sido exhibir su musculatura legal, pero no sus propias evidencias. Y muchos, empezando por los redactores de medios de comunicación que hasta ahora han sido tan benévolos en su trato de las pseudomedicinas, están llegando a la conclusión inevitable: si, por mucho que insistan en que hay «una plétora» de evidencias a favor de la quiropráctica, los quiroprácticos no las muestran es sencillamente porque en realidad no las hay.

Pero el verdadero golpe de efecto tuvo lugar muy pocos días antes de la publicación de este número de nuestra «Circular». A raíz de todo este asunto tanto la Advertising Standards Authority (organismo oficial encargado de controlar la legalidad de la publicidad) como el General Chiropractic Council (el órgano de autocontrol de la profesión quiropráctica, aunque hasta ahora no ha mostrado precisamente una gran diligencia a la hora de cumplir con sus funciones) se han visto inundados por centenares de reclamaciones contra quiroprácticos que aseguran, en sus folletos publicitarios y sus páginas web, que la quiropráctica es útil para el tratamiento de determinadas enfermedades a pesar de que no haya evidencias de ello. Vamos, lo mismito que decía Singh en su artículo. Las denuncias se centran también en el problema de que los quiroprácticos se presenten a sí mismos como «doctores», confundiendo a los consumidores que pueden llegar a creer que son doctores de verdad.

Y esta vez la reacción de los quiroprácticos ha sido aún más patosa que la de la BCA con su demanda: en un correo electrónico confidencial la McTimoney Chiropractic Association (MCA), la más importante de Gran Bretaña tras la propia BCA, hace a sus asociados las siguientes recomendaciones:

- En caso de tener página web, que la retiren inmediatamente.
- Que retiren también todos sus folletos de propaganda, en especial los que afirmen que pueden curar enfermedades.
- Que realicen una búsqueda exhaustiva por internet para comprobar si en alguna otra página aparecen mencionados como «doctores» o para descubrir cualquier otro enlace que, traduzco literalmente, «pueda comprometerles», y procuren eliminar todos esos datos a través de los administradores de las correspondientes webs.
- Que dejen de utilizar de inmediato tarjetas de visita o cualquier otro material de papelería en los que aparezcan como «doctores».
- Y por último, que desconfíen de los pacientes que les pregunten acerca de tratamientos para niños o de las evidencias sobre las que se basa la quiropráctica.

Aunque el mensaje fue inmediatamente filtrado por un quiropráctico en desacuerdo con los tejemanejes de sus colegas, las recomendaciones suponen una llamada a la destrucción de pruebas tan evidente, una autoinculpación tan clamorosa, que sería difícil creer en su autenticidad si no fuera porque justo a continuación numerosas páginas web de quiroprácticos, empezando por la de la propia MCA, fueron desapareciendo de la web o sufrieron profundos cambios en la línea de lo recomendado por la asociación.

Por si esto fuese poco, muy poco tiempo después fue la propia BCA la que se unió a la fiesta y se propinó su propio disparo en el pie. Aunque empleando un lenguaje mucho más cuidado y cauteloso, el comunicado que la BCA remitió a sus miembros (y que a su vez otras entidades como la United Chiropractic Association reenviaron a los suyos) iba en la misma línea, recomendando a sus afiliados dejar de utilizar el título de «doctor» y que retiren de su propaganda cualquier afirmación que no pueda ser respaldada mediante evidencias científicas. Y lo que es aún más significativo: el comunicado recomienda expresamente que se retire cualquier mención a la efectividad de la quiropráctica para tratar cinco de las siete enfermedades para las que, según el artículo de Singh, la BCA «promueve alegremente tratamientos falsos».

El resultado de todo esto ha sido lo que Phil Plait denomina «el quiroapocalipsis». En el transcurso de pocas horas, la mayoría de los quiroprácticos británicos (incluyendo los no afiliados a la MCA) o bien desaparecieron de internet, o bien dejaron de ser «doctores» y de «curar» enfermedades, hasta el punto de que algunos incluso han creído necesario colocar en lugar bien visible una advertencia indicando que, contrariamente a lo que decían sólo unas horas antes, «ni tratan enfermedades y condiciones concretas ni tampoco las diagnostican».

Es difícil precisar cómo afectará esto al proceso judicial de la BCA contra Simon Singh. El comunicado de la MCA y la desbandada generalizada de los quiroprácticos británicos sugieren que la mayoría de los integrantes de la profesión, si no la práctica totalidad, es perfectamente consciente de la falsedad de las propiedades terapéuticas que atribuyen a sus métodos. Por otra parte, el hecho de que sea la mismísima BCA la que recomiende retirar cualquier mención a la mayoría de los tratamientos que Singh calificaba como falsos sugiere que, en efecto, la BCA era -o al menos es ahora- consciente de que no existen evidencias suficientes como para afirmar que son efectivos. Sin embargo, el cuidadoso lenguaje que la BCA emplea en su comunicado, justificando la retirada de las menciones al tratamiento de esas dolencias infantiles porque «se trata de síntomas y no de enfermedades», les permite de momento salvar los muebles. Y por otra parte la BCA, evidentemente, no es la MCA, por lo que de cara a los tribunales, en principio, la BCA debería poder mantenerse al margen de la desastrosa maniobra de sus colegas.

Pero otra cosa es la opinión pública, y si, como dice Bob Park, «dañar la reputación de un quiropráctico debería ser un deber cívico», no cabe duda de que los propios quiroprácticos han hecho más méritos que nadie en este sentido. Quizá todas estas colosales meteduras de pata no afecten a la BCA en cuanto a su reclamación ante el Juez Eady, pero tal y como están las cosas, no me extrañaría que muchos de sus afiliados estén presionando a la BCA para que retire su demanda antes de que todo esto les haga más daño.

Como coda a su «Guía de medicina mágica para pacientes», el profesor Colquhoun nos obsequia con esta definición:

«Libelo: una medicina realmente cara para utilizar sólo en caso de que no tengas ninguna evidencia. Suele tener éxito entre los practicantes de las terapias alternativas porque para ellos la verdad es irrelevante».

El problema es que para su público la verdad quizá no sea tan irrelevante. Y, en una deliciosa ironía del destino, son ellos mismos quienes más están contribuyendo a mostrársela.

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