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Circular Escéptica

«CONVENCIDOS, PERO EQUIVOCADOS»

Publicado el 15 de junio de 2009 en el boletín "Número 5".
Autor: Ignacio García-Valiño

Clasificado en: Libros, Escepticismo, Divulgación científica, Pensamiento mágico

«Convencidos, pero equivocados: guía para reconocer espejismos en la vida cotidiana»

Thomas Gilovich, Editorial: Milrazones, 1991.

Crítica de Ignacio García-Valiño.

He aquí un libro cuya traducción al español, aunque tardía, celebramos con entusiasmo. Publicado en Estados Unidos en 1991 con el quizá extenso título de «How We Know What Isn´t So: The Fallibility of Human Reason in Everyday Life», es un ensayo imprescindible para conocer estrategias sesgadas de razonamiento y creencias viciadas por la irracionalidad. Su autor es director del Departamento de Psicología de la Cornell University, en Nueva York, con una larga trayectoria profesional en este ámbito.

El libro se ubica dentro de la extensa tradición de la psicología norteamericana en el estudio de falacias de pensamiento, y complementa a las obras otros autores que se han ocupado del problema, como Stuart Sutherland («Irracionalidad, el enemigo interior»), Hahane Howard («Logic and Contemporary Rhetoric: The Use of Reason in Everyday Life»), y muchos otros, de los cuales, por desgracia, sólo una minoría han sido traducidos a nuestra lengua. La importancia de este enfoque, en este confuso y abigarrado universo de la información que habitamos, es evidente: necesitamos herramientas críticas para filtrar la información y detectar fraudes y evitar así ser condicionados o manipulados por intereses ajenos.

Con un lenguaje claro, conciso y un estilo fluido y ameno, «Convencidos, pero equivocados» parte de rigurosos estudios de psicología cognitiva y social para hacer un amplio repaso de nuestras fuentes de distorsión sistemática, los errores cotidianos de interpretación y las creencias ilusorias que nos conducen al autoengaño. Todo ello reviste un indudable interés, dado que son nuestras las creencias y cómo nos guiamos por ellas las que determinan nuestras elecciones y nuestra manera de vivir y relacionarnos con el mundo.

Thomas Gilovich se sirve de estudios que él mismo ha realizado, pero sobre todo aprovecha varias décadas de investigación en psicología social y experimental que arrojan luz sobre cómo las personas establecen inferencias gratuitas, correlaciones ilusorias, interpretaciones distorsionadas, sesgadas, y confirmatorias de sus prejuicios, o complacientes con sus esquemas previos. El resultado no sólo es un completo repaso de las fuentes de irracionalidad cognitiva, sino que el libro nos aporta técnicas para purgar nuestra mente de tantas y tan variadas «tentaciones», con el objeto de ayudarnos a formar una mente más clara y crítica con la realidad que nos rodea. En definitiva, para adquirir una mayor amplitud de conciencia.

La humana tendencia a establecer inferencias y conclusiones erróneas en la vida cotidiana está ampliamente avalada por una vastísima bibliografía experimental. Así, tratamos de aplicar «leyes» de agrupamiento a fenómenos puramente aleatorios (ilusión de agrupamiento), como son las famosas rachas en los juegos de azar; tendemos a esperar que los efectos se parezcan a las causas (v. g. interpretar la letra picuda como propia de una personalidad tensa o ambiciosa), y es notoria nuestra proclividad a encontrar explicaciones ad hoc a todo fenómeno, a creer que algo es sistemático, ordenado y real cuando en realidad es aleatorio, caótico e ilusorio, e integrarlo sin problemas en las creencias preexistentes, como una confirmación de nuestra particular visión. Las personas buscan casi siempre información confirmatoria, eludiendo los datos discrepantes, moldeando y sesgando la información de modo que encaje en sus moldes mentales. En palabras de Francis Bacon: «El hombre prefiere creer lo que prefiere que sea cierto». Sirva como ejemplo simple la creencia en que la posición de los astros influye en nuestra vida (astrología, horóscopo) como erróneamente parece demostrar el hecho de que tanta gente comparta esta creencia.

Gilovich no pretende que apliquemos en la vida corriente todo un protocolo de procedimientos formales contra las fuentes de sesgos y errores, como hacen los científicos en sus trabajos, sino que nos invita a que usemos ciertas técnicas que se han demostrado eficaces a la hora de razonar e interpretar, muchas de las cuales vienen del ámbito científico y de las ciencias sociales.

Tal vez uno de los aspectos más interesantes del libro, y que contribuyen a su amenidad, es la constante alusión a los espejismos de la vida cotidiana, en los que fácilmente podemos vernos identificados. Considere estos dos casos: un hombre esperando en una parada de autobús, que habitualmente ve pasar varios autobuses del mismo número que él espera, pero en dirección contraria, y concluye «el autobús siempre parece ir en dirección contraria»; segundo caso: una persona está duchándose cuando suena el teléfono y, contrariada, recuerda que a menudo le ocurre lo mismo, y concluye: «siempre me llaman cuando estoy en la ducha». En ambos casos el error consiste en no tener en cuenta los casos negativos. El que viaja en autobús no sabe cuántos autobuses van detrás del suyo, cuántos pasan por su parada antes de que otro pase en dirección contraria. Estos casos no los incluye en su cómputo, sino que interpreta esta asimetría como una mala racha. De igual manera, el que se encuentra en la ducha cuando suena el teléfono no recuerda cuántas veces no suena el teléfono mientras se ducha, porque estos sucesos no atraen su atención.

En cierto modo, nuestra tendencia a encontrar nexos y semejanzas es, en muchos casos, adaptativa. Por ejemplo, tendemos a ver los rasgos parecidos entre los hijos y sus padres (e incluso a percibir más parecido del que hay, o del que juzgaría un observador desconocido), y en cambio, las diferencias nos pasan por alto.

¿Por qué preocuparse por las creencias erróneas, si algunas pueden resultarnos útiles? Uno de los descubrimientos mejor documentados de la psicología, citado por el autor, es que la persona media pretende creer cosas extremadamente halagadoras sobre sí misma, por ejemplo, que es más inteligente, honrada, libre de prejuicios y mejor conductor que los demás (el «efecto Lago Wobegon»). Esto puede conducirnos a un engreimiento gratuito, a sobreestimar nuestras posibilidades, pero también nos puede hacer más optimistas, más seguros, más estables anímicamente. Tal vez sea un sesgo útil desde el punto de vista evolutivo, pero no está de más conocerlo, para vacunarnos contra sus excesos.

El libro aporta interesantes respuestas a la pregunta de por qué utilizamos estrategias erróneas para pensar e interpretar la información que nos llega. En general, vale decir que nuestras creencias son posesiones muy preciadas, y queremos adquirir y conservar aquéllas que nos hacen sentirnos bien.

En la tercera parte del libro se exponen ejemplos de creencias cuestionables y equivocadas, como las prácticas sanitarias alternativas e ineficaces (ahora tan de moda): curanderismo, iridología, medicina holística, homeopatía, etc.; la creencia en la percepción extrasensorial y los poderes paranormales, y toda una variada panoplia de creencias abiertamente irracionales, la mayoría de las cuales se cae por su propio peso.

La constatación de que nuestras creencias pueden ser ilusorias o falaces no es algo que haga sentirse bien a la mayoría de la gente, y quien lo escribe fácilmente puede ser tildado de pesimista o despectivo por poner en cuestión algo comúnmente tan sobrevalorado como la mente humana. Thomas Gilovich ha tratado en todo momento de ser respetuoso en su forma de abordar el problema, tratando de no herir susceptibilidades, pero también sin caer en concesiones, complacencias o pretextos. Obras como ésta son siempre una apuesta arriesgada, porque exigen lectores de mente abierta, tolerantes y autocríticos, capaces de aceptar verdades incómodas y de cuestionarse sus propios métodos de análisis. En este sentido, el libro es una valiente provocación a la inteligencia: nos interpela y nos obliga a evaluar nuestras percepciones y convicciones. No recomendado para aquellos que sólo busquen aseveraciones divertidas y acariciadoras.

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