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Circular Escéptica

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA O POR QUÉ ES TORTICERA LA PETICIÓN DE PRINCIPIO DE LO PARANORMAL

Publicado el 15 de abril de 2009 en el boletín "Número 4".
Autor: Lola Cárdenas Luque

Clasificado en: Parapsicología, Poltergeist, Pseudociencias, Divulgación científica, Pensamiento mágico

La gran mayoría de las personas del planeta no ha cometido asesinatos en su vida. El asesinato es un delito muy grave, pero poco frecuente en términos absolutos. Esto quiere decir que si escogemos a una persona al azar en todo el mundo, es bastante probable que dicha persona no haya cometido un asesinato. De hecho, cuando un asesinato llega a los medios de comunicación, los vecinos y allegados son los primeros sorprendidos. Por decirlo de alguna manera, «no es normal» que alguien sea un asesino.

El hecho de haber asesinado a alguien puede traer consigo consecuencias muy graves: privación de libertad (cárcel) por varios años e incluso, en algunos países, la pena de muerte. Por ese motivo, y dado que «lo normal» es que una persona al azar no sea una asesina, debe exigirse la presunción de inocencia: eres inocente salvo pruebas contundentes que certifiquen que has cometido un asesinato. De lo contrario, nos veríamos de nuevo sumergidos en la Edad Media, donde los acusados eran culpables «de partida» y tenían que probar su inocencia. Quien dice asesinato, dice cualquier otro delito.

Esta presunción, lógica y razonable, no se aplica en el campo de lo paranormal. Es más: los «profesionales» del ocultismo se niegan a que así sea: niegan la presunción de inocencia.

¿Cómo? Exigiendo que se admita sin pruebas la existencia de su «objeto de estudio» (lo que se conoce como «falacia de petición de principio»).

Para estudiar algo, ese «algo» primero debe existir. Los médicos estudian el cuerpo humano y la cura de las enfermedades que lo aquejan porque existen tanto el cuerpo humano como esas enfermedades. Los físicos estudian, por ejemplo, la gravedad, porque existe la gravedad. Los biólogos estudian los mecanismos de la evolución porque la evolución es un hecho. Los mercaderes del ocultismo «estudian» lo paranormal, pero nunca han dado pruebas de que aquello que estudian, exista. Es más: tal y como vimos en el artículo «El problema de las definiciones en negativo» (véase Circular Escéptica, número 3, <http://circular.circuloesceptico.org/ind ... ?art=56>), ni siquiera tenemos claro cuál es exactamente su «objeto de estudio».

Vamos a ver un ejemplo con la telepatía. La telepatía es, según afirman los «estudiosos» de lo paranormal, la capacidad de transmitir el pensamiento a otra persona de manera instantánea, independientemente de la distancia a la que estén ambas personas, «emisor» y «receptor», a través de unas «ondas telepáticas». De ser cierto que existe la telepatía, se estarían violando varias leyes físicas sólidamente establecidas. Sostener que la telepatía existe es señalar a las leyes físicas que explican el mundo real como culpables de no explicarlo en absoluto, pasando de puntillas sobre el hecho de que es la telepatía la que debe acreditarse debidamente como fenómeno «medible». ¿Deben las leyes físicas «demostrar su inocencia» y repetirnos por enésima vez por qué están establecidas? ¿O es la telepatía quien debe demostrar por qué fallarían las leyes físicas que la hacen altamente improbable?

Como podemos ver, en esta situación se da la perversión lógica de hacer a la física culpable hasta que se demuestre lo contrario. Si la física fuera una persona, estaría condenada a cadena perpetua por un delito que no ha cometido. En algunos países, condenada incluso a la silla eléctrica por un delito del que no hay una sola prueba.

Porque no hay una sola prueba de la existencia de la telepatía, o dicho de otra manera, de que la telepatía sea un fenómeno real.

Tal vez hayan hablado al lector de estudios científicos donde se ha demostrado la existencia de la telepatía de manera controlada en un laboratorio. Habría que matizar: ha habido estudios más o menos chapuceros que se han hecho de forma desaseada y que, por tanto, no demuestran nada. Cuando se ha criticado su metodología, o la falta de precauciones tomadas contra posibles trampas, la defensa se ha centrado en repetir «todos somos de fiar, nadie querría manipular los resultados» y no en adoptar la actitud de «mira lo que dicen las cifras y vamos a ver si volvemos a conseguirlas con los mecanismos de control adicionales que sugieres».

El lector interesado puede consultar en las siguientes direcciones web:

<http://spanish.skepdic.com/parapsicologia.html>
<http://www.cicap.org/en_artic/at101003.htm>

o bien en el libro «La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso» de Martin Gardner, capítulos 12, 13, 19 y 21 (editorial Alianza).

Aún suponiendo que hayamos conseguido aislar una variable que nos diga que, tal vez, exista la telepatía, dado que su efecto sería medible (transmisión instantánea del pensamiento e independiente de la distancia vía «ondas telepáticas»), empiezan las preguntas «incómodas» que le va a hacer la ciencia, y que los ocultistas se niegan a contestar:

¿Cuáles son los parámetros que definen las «ondas telepáticas»?
¿En qué medio se transmiten?
¿Qué mecanismo emplean para propagarse?
¿Por qué no se pierde intensidad en la señal con la distancia?
¿Sufren fenómenos de interferencia (constructiva y destructiva)?
¿Se difractan al pasar por objetos o formas?
¿Qué mecanismo es el que permite al receptor comprender el pensamiento que le transmite el emisor, independientemente de los idiomas que conozcan ambos?
¿Cómo puede enviarse esta información a una velocidad superior a la de la luz?
¿Qué longitud de onda es la idónea para transmitir telepatía?
¿En qué afecta la frecuencia de la onda?
¿Cómo se consigue evitar que la «onda telepática» llegue a un destinatario no deseado?
¿Cómo se consigue, de hecho, que la «onda» llegue al destinatario correcto?
¿Qué mecanismo se activa en el cerebro del emisor para enviar la «onda»?
¿Qué mecanismo se activa en el cerebro del receptor para reconocer la llegada de dicha «onda telepática»?

Hay muchas más cuestiones que deberían responderse antes de dar la telepatía por un hecho. Porque si su efecto es medible, entonces su estudio entra directamente en aquello sobre lo que la ciencia puede trabajar. Y si fuera así, entonces la ciencia va a hacer todas esas «preguntas incómodas» y muchas más.

Pensando de manera un poco jocosa, si la telepatía fuese una realidad, las compañías de telefonía se verían en serios aprietos para ofrecernos tarifas competitivas, pero visto cómo nos sangran a todos, debería estar claro que hay más bien pocas esperanzas de que, realmente, exista. Y si hay tan pocas posibilidades, ¿por qué debe ser la ciencia la que busque a saber dónde, no se sabe qué, para demostrar su inocencia cuando se ha cansado de perseguir una quimera? Quien defienda la existencia de la telepatía debe demostrar la «culpabilidad de la ciencia»: definiendo el objeto de estudio, planteando hipótesis, experimentos controlados y, muy importante, haciendo predicciones y explicando cómo se complementa todo esto con la base sólida de física que tenemos bien establecida.

Ahora cambiemos «telepatía» por cualquier otra capacidad «sobrehumana» cuya existencia no demuestran los «profesionales del ocultismo»: telequinesis, clarividencia, mediumnidad... O por los fenómenos presuntamente maravillosos provocados por seres de cuya estructura nada saben y nada quieren saber: psicofonías, poltergeist, ouija... Nos vamos a encontrar exactamente con los mismos problemas. Cada una de estas capacidades/fenómenos implica que las leyes físicas que permiten construir aviones que vuelan y máquinas con las que los médicos salvan vidas, en realidad, no son ciertas. Sin embargo, los aviones vuelan, y los médicos salvan vidas ayudados de máquinas, así que... ¿quién debe demostrar qué?

Son los ocultistas los que luchan por abolir la presunción de inocencia. Que demuestren ellos la culpabilidad, porque si en un juicio no les dejaríamos llevar a un inocente a la cárcel, con el conocimiento sólido y establecido, tampoco debemos permitir que lo condenen sin prueba alguna.

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