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Circular Escéptica

¡POLTERGEIST! UN CASO REAL, RESUELTO

Publicado el 15 de diciembre de 2008 en el boletín "Número 2".
Autor: Lola Cárdenas Luque

Clasificado en: Escepticismo, Divulgación científica, Pensamiento mágico

En la tierra de nadie que es el mundo de las no-definiciones sobre lo paranormal existen unos sucesos especiales que se llaman «poltergeist». Se suele llamar así a fenómenos de tipo «ruidoso» como mover o lanzar objetos por entidades de las que no tenemos muchos datos pero se nos asegura que son incorpóreas. Esto da lugar a que muchas experiencias cotidianas, quizá sorprendentes pero que entran en el campo de lo probable, sean clasificadas como «poltergeist».

Como una que me sucedió hace ya un tiempo. Con la diferencia de que, lejos de quedarme en el asombro y la sorpresa, traté de buscarle una explicación. Y se la encontré. Sin necesidad de duendes. Empezaré planteándola tal y como lo harían en el apartado de testimonios de una revista o página web dedicada al «misterio»:

Estaba en la cocina, fregando los platos. Tuve una sensación extraña, me giré, y en ese momento, un remate de madera de los muebles de la cocina (tocando el techo) saltó hacia mí, cayendo junto a mis pies.

Uau.

Como ya estoy escuchando los «Ah, y ahora... ¿qué vas a decir, eh? ¿Vas a seguir negando la existencia de los fenómenos paranormales?», voy a tener que llamar a la prudencia y advertir que no nos emocionemos antes de tiempo. En primer lugar, porque no puedo decir que algo es «paranormal» cuando aún no sé lo que es ser «paranormal» (y no por falta de insistencia preguntando a los que se supone que saben). En segundo lugar, porque no puedo negar que eso me ha sucedido. Pero sí puedo dar el paso que siempre falta en el «mundo del misterio»: explicar cómo ha sido eso posible, por qué ha sucedido. Sin grabadoras. Sin ouijas en la medianoche. Sin recurrir a elementos extraños, difusos e indefinidos. Utilizando la cabeza, para evitar que al ver una posibilidad de que la magia sea real, la ilusión de que «otros mundos son posibles» me ciegue a las explicaciones más mundanas.

Y sí, lo que me sucedió tiene una explicación bastante «de andar por casa», excepto en lo que será el último punto, porque nos daremos de bruces con la costumbre que tiene la probabilidad de ser tan poco intuitiva.

Para empezar, vamos a fijarnos en la redacción del suceso. Es demasiado breve, apenas aporta información. Yo estaba fregando, sí, de repente tengo una «sensación extraña» y ¡zas!, un trozo de remate de mueble me salta a los pies. La «sensación extraña» podía ser un poco de picor, una leve molestia en el cuello, o tal vez un mareo. También podría suceder que hubiera escuchado algo y eso me hiciera girar. Quizás me llamaba mi marido, o era uno de los gatos, o el teléfono que sonaba. Como, fuera lo que fuera lo que me hizo girar, inmediatamente saltó ese trozo de remate a mis pies, lo llamativo del suceso provocaría que, en general, no recordara qué fue lo que me hizo girar exactamente, y la coincidencia temporal lleva a una asociación inmediata: «sentí algo que me hizo girar justo cuando aquel trozo de mueble saltó a mis pies».

Parece que tuve un presentimiento, ¿verdad?

No fue tal. La sensación «extraña» respondía, en realidad, a que lo que me hizo girar fue el haber escuchado el crujido de esa madera justo antes de desprenderse. Pero si fuera buscando fantasmas tras cada «cosa rara» que me suceda, ahí tendría una prueba clarísima de que «presentí» que aquello iba a suceder y, por extensión a toda prisa, de que hay poderes mentales que no alcanzamos a comprender, etc., etc., etc. Sin embargo, la realidad, tozuda ella, me ha dado una explicación mucho más mundana. Y hay que aceptarla. Porque de dos segundos de acción no podemos construir un mundo irreal basado únicamente en interpretaciones sesgadas a posteriori. Por mucho que deseemos vivir en un mundo donde exista la magia.

Pero el «suceso paranormal» no termina aquí. Se podría objetar «¡pero ese trozo de madera saltó hacia ti, ¿cómo lo explicas?!». Vuelvo a incidir en que nos fijemos en la redacción del suceso: es demasiado breve, apenas tenemos información. Por ejemplo, no sabemos (bueno, yo sí) que ese trozo de madera estaba sobre la nevera, inclinado hacia delante, encolado con cola de contacto y que es el que peor encolado quedó de todos los remates de los muebles en esa zona, puesto que fue el que hizo el cierre y eso dificultaba encajarlo correctamente si se ponía más cola. Todos estos datos son muy importantes como para obviarlos en mi relato, ¿no os parece?

Cuando recogí el trozo, observé que la cola había cedido. Por el calor que desprende la nevera y por el tipo de cola. Además, teniendo en cuenta cómo es la configuración de la cocina, hacia donde saltó dicho trozo de madera fue hacia el único lugar que podía hacerlo. Como esa pieza estaba inclinada, tenía que caer hacia delante. Y siguiendo su trayectoria, estaba yo. Si en lugar de estar fregando los platos, hubiera estado cocinando, habría sido imposible que el trozo saltara a mis pies. Si eso hubiera sucedido, sí que sería «extraño». Pero el trozo de madera cayó donde tenía que caer.

Decepción, ¿verdad? Sin embargo, los más deseosos de creer que ahí aconteció algo realmente paranormal aún tendrán una aparentemente última objeción que plantearme: «Pero aún así... ¡Eso que te ha sucedido es demasiado improbable como para descartar que sea un poltergeist!». Ah, la palabra mágica. Improbable. ¿Realmente es tan raro que suceda como parece?

Nuevamente, la respuesta es un «no». Pero no se trata de un «no» «porque yo lo valgo», como acostumbra a suceder en el mundo del misterio. Voy a explicar por qué.

Cuando nos pasa algo así, confundimos la probabilidad de predecir que eso exactamente iba a suceder, y sucede, con la probabilidad de que algo que ya ha sucedido, suceda. Es decir, no es lo mismo mirar la probabilidad antes que después. A toro pasado no es muy útil preguntarse por la probabilidad de que pase algo que ya ha pasado. La probabilidad hay que preguntársela antes. No decido quedarme en casa o cambiar de ruta cuando me he estrellado con el coche: lo decido antes de cogerlo, cuando he sabido que el riesgo de salirse de una curva en una carretera por la que tengo que pasar, debido al hielo o la nieve, es muy alto.

¿Cuál es la probabilidad de que, exactamente hoy, la cola de ese trozo de madera (y no otro) ceda definitivamente justo en el momento en el que estoy fregando los platos? No cuando entro a la cocina para otras cosas, sino justo cuando estoy fregando los platos. Bien, es una probabilidad bastante pequeña (aunque aumenta con la edad del material, detalle que no se suele tener en cuenta). Pero no debería sorprendernos que algo así suceda cuando lo miramos a posteriori. ¿Por qué?

En esta experiencia estamos pensando en un único evento con una probabilidad muy pequeña de suceder. Parece que sea la única cosa poco probable que nos pueda pasar en la vida. Sin embargo, todos los días, a toda hora, pueden darse montones de cosas altamente improbables. Podía haber caído otro trozo de madera, podía haber caído cuando yo no estuviera, o cuando estuviera cocinando, o al pasar por debajo, o al entrar.

Aún así, nos estamos limitando a ver sucesos poco probables relacionados con ese trozo de madera. Abramos nuestra mente y veamos, por tanto, la (gran) amplitud del conjunto de todas las cosas poco probables que podrían sucedernos en un instante dado.

Podría estallar una bombilla (cuya probabilidad aumenta si la bombilla está encendida). De la cocina. O del baño. O de un dormitorio. O del salón. O todas a la vez. Romperse un vaso. O dos. O tres. Estrellarse un avión contra la casa. O un meteorito. O la Estación Espacial Internacional. Que se colara un rayo por el cableado de la casa. Un tornado. La erupción de un volcán desconocido. Que tropezara con un escalón y me rompiera el tobillo. O la rodilla. O las costillas. O una simple torcedura. Podría picarme una avispa. O una araña. O una abeja. Un saltamontes podría entrar en casa por una ventana y comerse un tomate que se estuviera cociendo. Podría terminar de romperse una cuerda de la persiana y que la persiana se desplomara sobre mí cuando me estoy asomando por la ventana. O caer sobre mí alguien que a su vez se hubiera caído de una avioneta. Podría encontrarme en el metro con alguien que hace años que no veo. O con alguien que he visto más recientemente. Podría subir en un avión y que el avión sufra una avería considerable. O que se estrelle. O muchas, muchas otras cosas.

El conjunto de todas las cosas poco probables que podrían sucedernos en un instante dado es muy grande, lo que significa que la probabilidad de que nos suceda alguna de esas cosas poco probables es muy alta. ¿Por qué? Porque no estamos seleccionando una concreta, sino simplemente diciendo que la probabilidad de que nos suceda algo poco probable es muy alta. Suena contradictorio, lo sé. Pero es precisamente por eso por lo que no debemos de extrañarnos cuando, de todas esas cosas poco probables, nos pase alguna de ellas y lo miramos a posteriori. ¡Era bastante probable, con tantas cosas poco probables a elegir en cada momento!

De hecho, todos los días suceden montones de cosas poco probables a mucha gente, y la prueba es que constantemente escuchamos construcciones así: «qué casualidad que justamente hoy que [X] ha pasado [Y]». No, no es casualidad. Podría no haber sucedido, pero entonces no habríamos reparado siquiera en que sí podría acontecer justo en ese momento.

Sorprenderse porque sucede algo poco probable, teniendo en cuenta que todos los días suceden montones de cosas poco probables, sólo pone de relieve el filtro de atención subjetiva, y que se le concede especial relevancia a un tipo de sucesos que, probabilísticamente, no se diferencian en nada de otros igualmente poco probables pero que no nos llaman la atención.

¿Alguien llamaría a lo paranormal porque se le ha subido un gorrión al hombro y le ha acompañado durante un paseo de cinco minutos? No, ¿verdad? Pues es tan poco probable como que se te rompa un vaso «por las buenas», caiga ese trozo de madera a tus pies o tengas un accidente de coche. ¿Por qué lo del vaso o lo de la madera es paranormal y lo del gorrión no? Porque fijamos la atención en lo que alimenta nuestros deseos infundados y porque las personas medias no sabemos nada, realmente, de cómo funciona el mundo. Ni de probabilidad.

Sé que ahora llega la última objeción de verdad, la más dolorosa cuando la oyes porque sabes que, tras todas estas explicaciones, quien la pronuncia no te ha escuchado. No te ha querido escuchar: «¡Dices todo eso porque niegas los fenómenos paranormales! ¡No acepto tu explicación!». Queda claro que quien, llegado a este punto, haga esa objeción o una similar, no quiere saber: quiere creer (y jamás justificará por qué no acepta tu explicación). No aceptará una explicación racional como un racista no admite que los negros tienen los mismos derechos y deberes que él, o como un talibán religioso de la religión X no admite que los demás piensen diferente. Cambiarán las formas, pero el fondo es el mismo: irracionalidad.

Para los demás, espero que la explicación de las causas de esta experiencia personal haya resultado ilustrativa. No hay que ser un lince para darse cuenta de que es como muchas, muchas otras que conocemos y con las que se busca certificar lo paranormal, cumpliendo con estos puntos gran parte de ellas:

- Es algo que sucede en un lapso de tiempo muy breve.
- Nos impresiona por tratarse de un suceso poco común (en apariencia).
- Solemos desconocer los datos relevantes y no nos fijamos en ellos si nos mantenemos en el impacto del suceso.
- Su recuerdo se adapta con muchísima facilidad a la interpretación subjetiva de lo que sucedió en realidad.

Todo esto, claro, provoca unos relatos mucho más fantásticos del hecho en cuestión. Pero sigue sin probar que lo sucedido sea paranormal. Y como hemos visto, tiene mucho, más bien, de normal.

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