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Circular Escéptica

EL BIMESTRE NEGRO DE LA HOMEOPATÍA

Publicado el 15 de diciembre de 2009 en el boletín "Número 8".
Autor: Fernando L. Frías

Clasificado en: Pseudomedicinas

Bueno, negro, negro, lo que se dice negro, quizá no sea. Pero lo cierto es que en estos dos meses el cielo de la homeopatía, normalmente plácido y lleno de candidez, se ha visto empañado con un par de serios nubarrones...

El primero, cronológicamente hablando, vino de España, y realmente no afectó solo a la homeopatía; también a la medicina seria y científica, que desde ahora camina cogida de la manita con la creencia en las propiedades milagrosas del agua dinamizada. Y es que a finales de septiembre pasado la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados aprobó una resolución por la cual insta al Gobierno para que, cito textualmente, «adopte las medidas necesarias para que el ejercicio de la homeopatía se realice exclusivamente por licenciados en medicina y cirugía». La medida tiene una cierta justificación; como dijo la Diputada D.ª Mercedes Coello, «Existe una demanda por parte de la sociedad española que reclama la medicina homeopática realizada por médicos licenciados en Medicina en nuestras facultades y no bajo el oscurantismo y la pseudomedicina con la que se suele practicar en otros establecimientos por personas que no son médicos licenciados».

Aunque confieso que no estoy muy seguro de que la solución sea que sean los médicos licenciados quienes la practiquen «bajo el oscurantismo y la pseudomedicina» que, al fin y al cabo, son características tan intrínsecas a la homeopatía como la creencia en las diluciones infinitesimales o la magia simpática del «similia similibus curantur».

Algo más acertado estuvo el Sr. Ramírez del Molino, quien expuso que «En el caso de la práctica por no médicos el mayor peligro radica en la insuficiente preparación de estos para establecer un diagnóstico; requisito indispensable para poder evaluar la situación del enfermo y considerar los posibles tratamientos adecuados, convencionales y no convencionales. Sin haberse establecido dicho diagnóstico, siempre existe la posibilidad de que al paciente se le prive de un tratamiento necesario y efectivo. Además se ha comprobado que el ejercicio de la homeopatía en España no solo se limita al tratamiento de enfermos que podríamos denominar como leves, sino que con este método llegan a tratarse patologías calificadas de graves y a veces hasta muy graves. Esto aumenta la importancia del problema pues no se trata solo de un posible fraude al consumidor sino de un verdadero riesgo para el usuario».

Lo que no fue es original: la mayor parte de su intervención ante la Comisión fue una transcripción literal del contenido de páginas web como «Homeopatía General» o la de la multinacional Boiron.

Hubo también ciertas «traiciones del subconsciente». Si a la Sra. Coello se le escapó el evidente interés electoral del asunto al afirmar que su propuesta «está en relación con los anhelos de muchos ciudadanos y ciudadanas de este país», el Sr. Ramírez del Molino no le fue a la zaga al reconocer que la difusión de la homeopatía encuentra impedimentos «no ya entre pacientes y público en general, sino en el sistema sanitario y las universidades». Menos mal que, seguía diciendo el Sr. Ramírez del Molino, «frente a estos obstáculos se cuenta con apoyo legislativo a nivel europeo y a nivel estatal que reconocen que los productos homeopáticos son medicamentos». Y es que para evaluar la efectividad de una terapia, evidentemente, no hay que preguntar en las Universidades y los laboratorios, sino en las mullidas butacas del Parlamento y, sobre todo, entre los ciudadanos de a pie, que al fin y al cabo suponen muchos más votos que los científicos. Además, así no corremos el riesgo de que esos malvados científicos escépticos nos digan lo que no queremos oír...

¿Y por qué califico esta decisión como una borrasca en el plácido mundo de fantasía de la homeopatía?, se preguntarán ustedes. Al fin y al cabo, se trata de una especie de reconocimiento más o menos oficial de la homeopatía, ¿no?

Pues sí y no. Reconocimiento ya lo hay; por ejemplo, desde hace varios años se incluye la homeopatía entre los estudios integrantes del ciclo formativo de grado medio de Técnico en Farmacia y Parafarmacia, algunas universidades españolas imparten cursos de la especialidad, y los Colegios de Médicos parecen mirarla con ojos si no buenos, bastante complacientes. Pero la otra cara de la moneda es que una alta proporción de quienes prescriben la homeopatía carecen de formación médica alguna, de modo que si su práctica se circunscribe a los médicos el sector se va a ver despoblado de buena parte de sus vendedores de agua dinamizada. No es extraño, por tanto, que varias asociaciones de homeópatas hayan puesto el grito en el cielo ante lo que consideran (y quizá en eso no les falte algo de razón) una medida impulsada por los colegios de médicos con fines pura y simplemente corporativistas. De hecho, en alguno de sus documentos de trabajo la Organización Médica Colegial elude expresamente pronunciarse sobre la eficacia de la homeopatía, dejando al Gobierno la regulación de la práctica y la docencia de la homeopatía, con el previo asesoramiento, eso sí, de la propia Organización.

De modo que para Inmaculada González-Carvajal, presidenta de la Federación Española de Médicos Homeópatas, la consideración de la homeopatía como acto médico es una manera de colocarla «donde le corresponde». Y no es cierto, claro: el lugar que realmente le corresponde es ese mismo limbo al que han ido otras ideas absurdas como la teoría de los humores o la creencia de que la enfermedad es consecuencia del pecado. Pero quizá quien esté dando realmente ese paso no sea el Parlamento español, sino el británico.

Y ese es el segundo nubarrón, y esta vez sí es de los gordos: en noviembre de este año, la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes inició una revisión de las evidencias científicas acerca de la homeopatía. Los objetivos de la Comisión son conocer la política del gobierno británico en cuanto a la autorización de los productos homeopáticos y su financiación por parte del Sistema Nacional de Salud, así como la existencia de evidencias científicas reales acerca de la efectividad de los productos y servicios homeopáticos.

Para ello, la comisión, además de estudiar cerca de medio centenar de escritos remitidos por diversas instituciones y particulares, realizó dos comparecencias públicas en las que un grupo de expertos, por un lado, y tres representantes del Gobierno, por otro, contestaron a las preguntas de los diputados. Y, por cierto, si llegados a este punto usted siente la necesidad de comparar esto con el copy-paste internetero de nuestra propia Comisión de Sanidad, no se avergüence: yo también he llorado mucho. Y más cuando he visto que las alegaciones escritas de los distintos Colegios e instituciones médicas británicas son unánimes en su rechazo a la homeopatía.

Pero consuélese, porque para llanto, el de los homeópatas. Algunas de las aportaciones escritas resultan muy jugosas, pero palidecen al lado del espectáculo que nos brindaron las comparecencias públicas. Ya en los minutos iniciales de la primera de ellas Paul Bennet, responsable de farmacia de la cadena Boots, reconoció que su empresa vende productos homeopáticos por la demanda de los consumidores, pero que no tenía ninguna evidencia que sugiriera que resultasen eficaces. Algo que, por si hubiera dudas (que las había, al menos por parte del Diputado Ian Stewart) repitió varias veces a lo largo de la comparecencia. A la «confesión» de Bennet siguieron intervenciones como las de Tracey Brown, de la organización «Sense about Science», Ben Goldacre, autor del excelente libro «Bad Science» y responsable del blog del mismo nombre, Jayne Lawrence, Jefe de la Asesoría Científica de la Real Sociedad Farmacéutica de Gran Bretaña, Edzard Ernst, Director del Grupo de Medicina Complementaria de la Escuela Médica Peninsula y coautor, junto con Simon Singh, del también imprescindible «Trick or treatment?», o James Thallon, Director médico del Sistema Nacional de Salud en el área de West Kent, quienes recalcaron la falta de evidencias serias que avalen la efectividad de la homeopatía y, por tanto, la necesidad de excluirla de las prestaciones sanitarias públicas.

En defensa de la homeopatía quedaron tan solo Robert Wilson, presidente de la Asociación Británica de Fabricantes Homeopáticos; Robert Mathie, Asesor de Investigación y Desarrollo de la British Homeopathic Association, y Peter Fisher, director de investigación del Real Hospital Homeopático de Londres, cuyas intervenciones fueron bastante pobres. Bueno, hasta el momento en que empezó a preguntarles el Diputado Evan Harris: a partir de entonces fueron sencillamente patéticas. Robert Wilson acabó haciéndose un lío con los ensayos clínicos y sus requisitos de calidad, los metaanálisis que le gustan o que no le gustan y las «patogenesias» o ensayos homeopáticos, el Dr. Mathie se vio obligado a recular en cuanto le preguntaron sobre la «apabullante» mayoría de revisiones sistemáticas favorables a la homeopatía («no creo haber usado la palabra "apabullante"...»), y el Dr. Fisher, por último, puso la nota cómica con sus balbuceantes explicaciones sobre el proceso de «sucusión» y la memoria del agua.

Eso, en la primera sesión. La segunda resultó aún más pasmosa: en ella Mike O'Brien, viceministro de Sanidad, Kent Woods, director de la Agencia Reguladora de medicamentos y productos sanitarios, y David Harper, jefe científico del Departamento de Sanidad, terminaron de armar el lío. Para comenzar, O'Brien tuvo que reconocer de nuevo que no existen evidencias creíbles de que la homeopatía funcione más allá del efecto placebo. Más duros de roer fueron Woods y Harper, que dijeron lo mismo tras muchos rodeos. Entre los cuales, por cierto, hubo uno que propició la frase de la jornada, cuando el profesor Woods intentaba de nuevo salirse por la tangente con el manido recurso de que «alrededor de un diez por ciento de la población ha utilizado un remedio homeopático o ha acudido a un homeópata en los últimos doce meses, y creo que ese es un punto de partida para decidir sobre la implicaciones de ese fenómeno para la salud pública«, el presidente de la Comisión contestó que «Entonces, si un número significativo de personas creyesen en la brujería, ¿deberíamos considerarla seriamente?».

¿He dicho «la frase del día»? Lo siento, debería decir «la primera de las frases del día». Porque el día fue, desde luego, pródigo en frases para la historia. Desde la involuntariamente sincera explicación del profesor Woods acerca de los requisitos para autorizar un producto homeopático como medicamento: «no puedes hacer ninguna afirmación sobre las indicaciones de este producto porque no creemos que puedas proporcionar evidencias de su eficacia, pero al mismo tiempo no tienes que proporcionarnos ninguna evidencia sobre su seguridad dado que el producto está tan diluido que no puede concebiblemente contener nada nocivo porque la mayor parte de él es agua, de hecho, todo él es agua»; que solo palidece ante esta otra del viceministro O'Brien: «Si no estuviéramos haciéndolo ya, gastando ese dinero [en tratamientos homeopáticos financiados por la sanidad pública] probablemente estaríamos buscando más evidencias, pero estamos en este momento en una posición en la que estamos gastando ese dinero, hay un lobby considerable que cree que funciona; no son personas estúpidas; muchas de ellas son personas muy aptas, muy capaces que han trabajado mucho en esta área; y creen que funciona. De modo que puede que no haya evidencia empírica en este momento para ello, pero ¿deberíamos dejar de gastar ese dinero?».

El viceministro se contestaba a sí mismo que no. Pero, a la vista de los resultados de estas comparecencias, que incluso hicieron cambiar al veterano Diputado Ian Stewart desde una posición inicial favorable a la homeopatía hasta otra más bien desconfiada, yo diría que la conclusión de la Comisión probablemente irá por otros derroteros.

Lo cual, esta vez sí, puede ser un auténtico huracán. Porque que el sistema sanitario público de uno de los países tradicionalmente más partidarios de la homeopatía, donde la Reina cuenta con un homeópata de cabecera y el Príncipe heredero dirige una fundación destinada a financiar todo tipo de majaderías pseudomédicas, deje de cubrirla, sería ya un buen palo. Pero que lo haga sencillamente porque no hay evidencias científicas creíbles de que la homeopatía sirva para algo más que calmar la sed, eso ya es otra historia, que puede hacer que a muchos homeópatas, como suele decirse, se les caigan los palos del sombrajo.

Y que a algunos políticos y médicos de aquí se les caiga la cara de vergüenza, ¿verdad?

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