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Circular Escéptica

XVII CONGRESO ESPÍRITA NACIONAL: CRÓNICA CRÍTICA

Publicado el 15 de diciembre de 2009 en el boletín "Número 8".
Autor: Lola Cárdenas Luque

Clasificado en: Pseudociencias, Religión

Alrededor de cuatrocientas cincuenta personas se dieron cita los pasados 6, 7 y 8 de diciembre en la localidad alicantina de Calpe con motivo del XVII Congreso Espírita Nacional. El hall estaba lleno de mesas repletas de libros que se vendían prácticamente por múltiplos de cinco. Aproximadamente un sesenta por ciento de los asistentes serían mayores de cincuenta años, y un setenta por ciento del total, mujeres.

El acto comienza con una pieza de música clásica interpretada en directo, y una oración. Se invita a la reflexión a los que acuden al congreso por primera vez y afirman, rotundamente, que «bien sabemos que sí» hay vida después de la muerte, apoyándose para ello incluso en la falsedad de que la existencia de esta vida posterior ha sido demostrada científicamente (falsedad que se repite a lo largo de casi todas las ponencias del congreso). Se cuidan de distinguir a los «científicos materialistas» como negadores de esta existencia (llegando a calificarlos de «pseudocientíficos»), de los «científicos» a secas. Por supuesto, los únicos científicos que tienen calidad de tales, para ellos, son los que apoyan su tesis de la supervivencia tras la muerte. La incredulidad, la evidencia anecdótica, y el ser incapaces de dar una explicación son los argumentos más empleados. El azar es, para ellos, un monstruo al que intentan ridiculizar a toda costa, pues su mera existencia pone en entredicho muchos de sus dogmas.

La mitad de las ponencias empiezan (o terminan) con una oración dando gracias a Dios. En todas ellas se nombra a Allan Kardec (creador del espiritismo como religión), y varias se basan, textualmente, en la doctrina supuestamente revelada por espíritus acerca del más allá. No sólo nos hablan de la «estructura» de este más allá, sino que también, como las demás religiones, tales revelaciones dictan una moral como referente a seguir. Los ponentes dicen que ellos van de la mano de la ciencia, pero no dejan de nombrar a Dios. No saben, por lo que se ve, que la ciencia no se ocupa de la moral, sino de aquello que se puede medir.

Así, según vamos introduciéndonos en el contenido de las charlas (que en ocasiones se repite de ponencia en ponencia), se nos explica en qué consisten esas revelaciones de los espíritus a Kardec. Nos cuentan historias increíbles y así llegamos a lo que sería una primera definición: de qué está compuesto el ser humano. Según la doctrina espírita, de materia, espíritu y un intermediario: el periespíritu, donde se archivarían los recuerdos y experiencias de todas nuestras vidas ¿Y qué es la vida? Una manifestación del amor de Dios, nos dicen, y argumentan con ello que por ese motivo la vida es indestructible.

Descubrimos también que, en el mundo espiritual, hay colonias espirituales, puestos de socorro, una zona de purgatorio llamada «el umbral» y una zona infernal situada en las «profundidades espirituales de la Tierra». Se rige por seis ministerios llamados «de Unión Divina», «de esclarecimiento», «de elevación», «de auxilio», «de comunicación» y «de regeneración», con un gobierno central, un campo de la música y una zona hospitalaria. Las diversas zonas espirituales se organizan en esferas concéntricas que rodean a la Tierra, estando el «umbral» rodeando nuestra corteza y sus espíritus, en continuo contacto con nosotros.

Los espíritus, además, se alimentan, tienen medios de transporte, sistemas de seguridad, medicamentos (¡hechos con elementos de la tierra!), espectáculos, alojamiento y hasta trabajo, que se traduce en la «moneda espiritual» conocida como «bonus hora», y que permite a los espíritus divertirse o bien dársela a otros espíritus «menos evolucionados» para que disfruten.

¿Cuáles son las pruebas que sustentan toda esta construcción «espiritual», todo este mundo tan sospechosamente parecido al humano? El mensaje de los espíritus a través de los canalizadores. ¿Cómo sabemos que los canalizadores no se lo inventan, o no es producto de alucinaciones? No lo sabemos. Es más: reniegan de la posibilidad de que se sufran alucinaciones. Para ellos, «tantos testimonios del mensaje de los espíritus» no pueden ser resultado de alucinaciones. Toda una declaración irresponsable que puede comprometer seriamente la salud mental de quienes padezcan algún problema de alucinaciones y abracen esta doctrina pues, en lugar de acudir a un médico psiquiatra para intentar poner un remedio, saltarán al abismo de la permanencia de dichas alucinaciones en sus vidas, pudiendo llegar éstas a dirigirlas.

A medida que se van sucediendo las ponencias, el fondo del mensaje espírita se va tornando más peligroso. Nos dicen que, para «preparar el viaje al más allá», debemos practicar la caridad, querer a nuestros semejantes, no rebelarnos... Un momento. ¿No rebelarnos? ¿Ante qué? Ante las injusticias. ¿Por qué? Por la «ley de causa y efecto», una ley no detallada de manera explícita sino implícita según las revelaciones de los espíritus a Kardec.

¿Qué viene a decirnos esta «ley de causa y efecto»? Que lo que hagamos en nuestra vida presente cuenta para las futuras vidas. El mal, según «la inteligencia perfecta» que para ellos es «Dios», nos quita «puntos» de «karma». El bien, nos hace sumar puntos. Así pues, si en nuestra vida presente lo estamos pasando mal, no debemos rebelarnos, pues estamos purgando el «mal karma» acumulado en vidas anteriores. Si alguien nos provoca daño, no debemos devolverlo, ni siquiera defendernos: debemos «amarle» incondicionalmente, ya que nuestro deber como «seres espirituales de amor» es «hacer el bien», ayudar a todos, incluso a esas personas que nos hacen la vida imposible. Ya se reencarnarán y purgarán su «mal karma» en vidas posteriores, nos dicen los espíritas.

Y yo digo que esto es terrible: es una doctrina que no hace sino exigir a la gente a perpetuar las injusticias, a que no se defiendan de sus agresores, bajo la amenaza de una posterior vida llena de penurias para purgar los malos actos. ¿Pero qué evidencias tenemos de estas vidas futuras? Ninguna.

Así es como se cierra el círculo que convierte al espiritismo en una religión más, que nada tiene que ver con la ciencia. Tienen su libro sagrado («El libro de los espíritus» de Allan Kardec), tienen una figura sagrada que creó el Universo (Dios, entendido como una «inteligencia llena de amor», signifique eso lo que signifique) y tienen una amenaza de castigo para vidas futuras si no se cumple con los dogmas del libro sagrado en la presente. Libro sagrado que, como otros libros sagrados, ha sido «revelado».

Como buena religión, el espiritismo no se preocupa en explicar cómo funciona la naturaleza, sino que se mete de lleno en los dilemas morales. Los ponentes no tienen empacho en afirmar que las enfermedades tienen un origen emocional espiritual, fruto de la «falta de amor» y de desequilibrios kármicos provocados por las existencias anteriores. Tampoco les tiembla el pulso al condenar a la mujer que aborta, por cuanto «corta de lleno» la reencarnación de un espíritu que estuvo preparándose a conciencia para «volver a encarnar». No sólo eso: le auguran varias existencias para purgar el mal karma, pero ni mención al varón que ha tenido su parte de responsabilidad en que el embarazo no deseado se produjera. Culpable, como en muchas otras religiones, la mujer.

¿Y si el aborto es espontáneo? Entonces, según los espíritas, no hay carga negativa para el karma, puesto que no ha habido intención. Pero si no lo es, la mujer (y sólo la mujer) no sólo tendrá que purgar su «delito» en vidas futuras, sino que, además, en la presente, el espíritu que se estaba preparando para encarnar, lleno de rabia y dolor por la oportunidad que le acaban de robar, impregnará de «energías negativas» su aparato reproductor, de manera que eso perjudicará futuros embarazos. Sinceramente, pienso que es atroz afirmar todo esto sin una sola prueba. Es más, pienso que es contrario a toda esa «doctrina de amor» que supuestamente profesan, pues meter estas ideas en la cabeza no ayuda precisamente a la mujer en esa situación a tomar una decisión razonada.

Por supuesto, nos hablan del embarazo, de cómo ese proceso es vital para la reencarnación, pues ahí es cuando, incluso, «se forman las sombras de amor que configuran a nuestro ángel guardián», quien podrá comunicarse con nosotros en los sueños, el único momento en que se nos permite acceder al plano espiritual mientras estamos vivos.

Con todo este compendio de desatinos, concluyen diciéndonos que el espiritismo no sólo «da respuestas» al misterio de la vida, sino que, además, da un mensaje de esperanza: que somos eternos.

¿Cuáles son estas respuestas? Que somos espíritus inmortales, que el creador (Dios) nos «fabrica» sencillos e ignorantes, y que estamos en un continuo proceso de «evolución», vida tras vida, para acercarnos al «amor del creador». ¿Las pruebas? Pura y simple revelación a quienes se autodenominan canalizadores. Es decir: ninguna.

¿Y es realmente su mensaje un mensaje de esperanza? ¿Podemos concluir que el espiritismo es una creencia inofensiva? En absoluto. El espiritismo nos dice que debemos resignarnos, aceptar todas las vicisitudes de la vida, ya que estamos purgando defectos de las anteriores. Se nos insiste continuamente en «dar amor» para perfeccionarnos, incluso las enfermedades se nos presentan como un desequilibrio kármico que debemos purgar.

Aceptar con resignación, no rebelarse... lo mismo que piden las demás religiones, con la promesa de «algo mejor» al morir. Las cualidades sumisas que perpetúan en el tiempo las injusticias y las desigualdades. Si provoco mal a otro, aunque sea en defensa propia, mi karma ya está vendido: mejor dejarlo estar, ya tendrá el agresor otras vidas para expiar el mal y equilibrar su karma.

A mí, como persona crítica con las afirmaciones extraordinarias, todo esto me parece dañino, alejado por completo del amor al prójimo que dicen profesar pues, si el prójimo sufre, «algo habrá hecho». Todo ello, en virtud de unas historias delirantes que parecen los cuentos fabulados por un niño de cinco años sobre lo que, en su ingenuidad e ignorancia, piensa que sería un mundo ideal después de un atracón de clásicos de Disney.

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